2010 fue un mal año. Un terremoto 8.8 azotó al país, 33 mineros se quedaron atrapados en una mina y cierra definitivamente la empresa chilena Salo. Sé que las dos tragedias del comienzo no se equiparan a la tercera, pero démonos una licencia. El 2010 fue un mal año y quedó claro en esos 3 ejemplos. Y es curioso porque Salo era lo más entretenido y todas estas cosas no tienen nada de entretenidas. Ni la película de los 33 es entretenida, así de trágico es todo.

EL COMIENZO Y EL ENGRUDO

En 1962 nace en Chile, Salo y podría darles la lata con la historia pero tampoco queremos quebrar nosotros así que vamos a ponerle agilidad al relato. Salo era una empresa dedicada al entretenimiento, lo que principalmente se traduce en embaucarnos con la plata que teníamos para la micro y hacernos comprar sobres para los álbumes.

Una anécdota entretenida antes de comenzar es que el dueño se llama Salomón. Otra anécdota entretenida es que el primer álbum de Salo fue con motivo del mundial de fútbol que se desarrollaría en Chile el mismo año que fue fundada esta empresa. Ni tan entretenida salió esa.

Al comienzo, las láminas de los álbumes había que pegarlas con engrudo. Los jóvenes de hoy no saben lo que es el engrudo, seguro que nunca han tenido que pegar papel de diario en un globo usando engrudo para hacer una máscara y sacarse un 7 en artes plásticas. Bueno, al principio la cosa era así. Después la gente se puso cuica y empezaron a usar cola fría o stick-fix, pero imagínate si un álbum con engrudo te llega en la cabeza. TEC seguro.

100 PESOS Y LOS CABALLEROS DEL ZODIACO

Los álbumes tuvieron también mejores años. En la época en que Salo era el único rey, los sobres costaban 100 pesos y el álbum 350. Con una Luca podías estar pegando laminas una tarde entera. Esa época en la que el mundo cambio fue cuando se introdujeron las láminas con sticker. El primer álbum que contó con esta tecnología de vanguardia fue uno de los caballeros del zodiaco. Los caballeros del Zodiaco por su parte tuvieron bastantes apariciones en el mercado nacional, aparte de su álbum. Soprole una vez sacó una promoción que por un par de tapitas y 300 pesos tenías como una versión de esas muñecas que les pones ropa, pero a este le ponías la armadura. Considerando lo caros que eran los juguetes de Bandai, tener un par de estos monos de Soprole igual apañaba. Tuvieron tazos también, pero me estoy yendo a la otra nota que escribí, volvamos a Salo.
EL CLUB SALO

Cuando uno era peque, tener un club de amigos era algo bien común. Si no lo tuvieron no quiere decir que sean perdedores, es solo que vivieron su infancia de otra forma y está bien, no romanticemos ningún tipo de infancia, casi todos los pasamos más o menos igual y tomamos leche con plátano. Entonces los clubes siempre fueron sinónimos de buena onda; la canción de Cachureos dice que llegó la hora de entrar al club, y si el asunto tiene horario es poder debe ser bueno. Por ahí estaba el club Disney también , del que solo me acuerdo de Shai Agosin y que daban Chip y Dale, de donde saqué el nombre para ponerle a todos los hámsters que tuve de ahí hasta que me aburrí de que se arrancaran y tener que comprar otros nuevos. Pequeños bastardos.

Salo también armó su club, y era una cosa hermosa. Por una módica suma de dinero te llevabas la agenda del año y un talonario de beneficios espectaculares como por ejemplo que te manden las 20 laminas que te faltaban. Traía un par de porquerías más, pero porquerías valiosísimas. Eso era todo. No sé si habían juntas del club y yo no supe, o hicieron alguna vez una convivencia y no me invitaron. Quizás fue porque pagué la membresía de 9.990 y había una membresía premium que quizás te daba acceso a la casa club, y onda tenían juntas con leche con plátano. Suena bastante bien si fuera real, y en ese caso, no se explicaría por qué quebró Salo. Realmente sería lo más entretenido.

EL ENGAÑO DE LA LÁMINA CLAVE Y LAS GUAGÜITAS PILUCHAS

Existieron tanto álbumes como cosas se volvieran populares. Las teleseries chilenas tuvieron uno, todos los mundiales, Maravillozoo, Hugo, absolutamente todas las sagas de Dragon Ball y Sailor Moon, Robotech, Alf y Pokemon, etc. Existían álbumes para  toda ocasión, pero había uno que hoy por hoy todavía me hace un poco de ruido. Eran unas guagüitas piluchas que todavía no sabían ni ponerse la ropa y ya estaban explorando el mundo de las relaciones amorosas tóxicas. “Me gusta” se llamaba, y en cada página aparecían estas guaguas a poto pelado con frases como “Estar bonita siempre para él” o “Aguantarlo cuando anda mañoso”. Amiga guagüita, sal de ahí. Ponte tu pañal, llévate tu visión idealizada y patriarcal del amor romántico a otro lado lejos de esa otra guagua sin pezones ni partes íntimas.

Tan raro como las guaguas piluchas era que te apareciera “la lámina clave”. Raro como que te apareciera “miércoles” debajo de las tapas de Coca Cola y te ganarás el premio (pero esa tapa no salía nunca y Jorge Hevia lo sabía porque una vez hizo un chiste en Buenos días a todos). La lámina clave era el último dolor a superar antes de por fin canjear el premio a álbum completo, el que la mayoría de las veces no se equiparaba en precio en lo absoluto a todo lo que gastaste en plata para completar el álbum, pero el valor emocional era totalmente impagable.

Mi álbum favorito fue uno que tuvo incluso una reedición, y fue en ese momento en que lo logré completar. Se llamaba “Basuritas” (Garbage Pail Kids), que eran una sátira a las famosas muñecas Cabbage Patch Kids. El álbum Basuritas me marcó por dos cosas: lo completé juntando plata mientras trabajaba repartiendo volantes, y porque aparecía un personaje que se llamaba “Matías Queroso” que resulta es mi nombre. Por todo esto y mucho más, gracias Salo por todo, todavía tkm.