Por Pascale Verhasselt

El BANCH acaba de cerrar un nuevo ciclo de funciones y no pasará mucho tiempo antes de que empiece otro. En un mundo que no para, el ballet se reinventa y trata de ganar terreno.

El 30 de septiembre pasado se lanzó un nuevo ciclo del Ballet Nacional Chileno o BANCH. Esta vez, estaba acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile y, como todo el resto de las presentaciones que van del año, se encuadraba dentro del tema de las mujeres como protagonistas.

“Sinfonías Farrenc, arquitecturas de la percepción”, como se titula esta obra inspirada en el trabajo de la pianista y compositora Louise Farrenc, no es una narración, sino que apela mucho más a los sentidos, donde la danza es un medio para sentir la música y viceversa. Un espectáculo completamente sensorial que, según su coreógrafo Luiz Fernando Bongiovanni, parte del principio de que los sentidos de la visión y la audición son receptores pasivos, mientras que es la percepción la que es activa y que construye.

Los responsables de llevar a cabo esta coreografía fueron 18 bailarines, la compañía en su totalidad, de distintas edades y de distintas nacionalidades, como italiana, argentina o norteamericana, entre otras. Esto último cobra relevancia y es sumamente contingente dentro del escenario social y cultural que está viviendo nuestro país actualmente. Este pequeño grupo de gente representa de cierta manera como Chile se está abriendo multiculturalmente, no sólo en términos humanos, sino que también en términos artísticos, otorgándole al Ballet un giro inesperadamente moderno.

Al ser una compañía de danza contemporánea, se diferencia de su equivalente clásico en que es más terrenal de cierto modo, por la manera en que en vez de alzarse y estirarse se mantienen más hacia el suelo y a los costados. Arriba del escenario, ya sea ensayando o durante la función, estos bailarines mantienen sus posturas perfectas, mostrando rigurosidad y disciplina que se contrapone con la soltura con la que abordan el espacio, lo que es únicamente posible gracias al control y fuerza que tienen sus cuerpos. Un bailarín de ballet es un ser humano admirable por cómo usa su cuerpo, cómo se tensan y relajan los músculos para crear las distintas posiciones, sin dar ningún paso en falso, casi como los engranajes de una máquina.
Para cada uno de los integrantes, ser bailarín es un trabajo normal a pesar de que pareciera que nunca están quietos y que no pudieran desligarse de su ocupación. Sus jornadas son de 8 horas, como los de la mayoría de los trabajadores, pero sus desafíos son muy distintos. Estos van desde adaptarse a nuevos lenguajes, es decir nuevas coreografías, hasta enfrentarse a las inevitables lesiones, donde lo mismo que los hace fuertes es lo que los puede perjudicar.

Sus cuerpos también pueden ser frágiles, y esto se traduce en el degaste de tobillos, hombros y todo lo que tenga una articulación. Por otro lado, también existe el tema de lo efímero que puede llegar a ser su carrera y la competitividad que existe, pero aun así ellos se ven despreocupados, como si estuvieran siempre jugando, pero siempre muy concentrados.

Si cada bailarín por separado denota fortaleza, juntos son todavía más vigorosos e impetuosos. Se mueven colectivamente desde la individualidad, entendiendo que la interacción que crean entre ellos y con su entorno es clave para generar reacciones en el público. Si no hay sincronía esta comunión entre música, luces y movimiento no puede cobrar vida. Y sin audiencia tampoco.
Una de las grandes dificultades que sufren las artes escénicas en nuestro país es precisamente esto: el lento crecimiento de la cantidad de público y su escasa renovación. Esto se debe principalmente al prejuicio que existe en torno a este mundo: la sensación errada de que le pertenece a la élite o de que es complicado. Y aunque la audiencia del BANCH se aleja bastante de eso, Mathieu Guilhaumon, su director artístico, está consciente de la situación y quiere cambiarla. Es por ello que creó Cuéntame la Danza, donde relata a niños y jóvenes la historia del ballet o da a conocer por dentro la vida de un bailarín. Este programa tiene como fin educar y acercar este arte a nuevas generaciones y, tal vez así, poder atraer a las más antiguas también. Y ha tenido muy buena acogida y resultados. De todas maneras, Mathieu cree que, aunque existan estos programas, el problema está en cómo se difunde la cultura en nuestro país. Por eso, se requiere un trabajo que cambie la mentalidad y que pasa principalmente por cómo se educa sobre las artes para incitar su gusto y apreciación desde chicos. También, parte por entender la cultura no desde el punto de vista de una empresa que va a generar únicamente dinero, sino que la ganancia también puede ser humana y la riqueza que se genera no siempre será tangible, pero a veces puede ser más beneficioso.
Ante esto el BANCH se enfrenta a problemáticas claves, como mantenerse vigentes a través de obras y temáticas que sean consistentes con la actualidad o que apelen a las experiencias sensoriales del espectador con las que se cree una conexión. Los ciclos de este año fueron la prueba de ese esfuerzo por hacer relevante un arte ni masivo ni popular. Pero que después de verlos en acción nos resulta sorprendente. El BANCH tiene un aire de renovación constante y una modernidad que se da por la conjugación de todas sus partes.

El próximo ciclo se inaugura el 25 de noviembre en el Teatro de la Universidad de Chile y será una reposición de la obra Alicia, cuya coreografía es del propio director del BANCH. Y a juzgar por lo que han estado haciendo, promete.

Fotografía: Paula Ziegler
Asistentes fotografía: Rodrigo Olave, Nicolás Roldán y Sebastián Cuevas
Styling: Fito Palma
Asistente Styling: Nicole Olave
Maquillaje : Carla Sánchez
Pelo: Alexandra Cancino
Modelos: Marine Garcia, Vanessa Turelli, Lateef Williams, Nicolás Berrueta, Rita Rossi y Mathieu Guilhaumon
Vestuario
: Sr Gonzalez, BestiasMNEMOSYNE · ATELIER
Agradecimientos: Ballet Nacional Chileno y Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile